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De Quimeras y Ensoñaciones

Relatos

No me mates

No me mates -¡ Eh, eh, eh ¡. Tú..
¡ Si ¡. Tú. ¡ Te estoy hablando a ti.!
¿Quién te has creído que eres?. ¿Te crees Dios?. ¿Acaso crees que eres Dios?.
No me seas crío, que pareces un niño, te comportas como un mocoso pecoso.
Eres absurdo, ¿lo sabías?, ¿Por qué ahora?. Di. Dime.
Ahora no puedes hacerlo. Maldito seas tú y tu intransigencia de niño pijo. No vives en pijolandia, no, déjate tus fantasías para la cabecera de la cama en las noches de luna llena y aclárate las ideas, escritorzuelo de pacotilla.
Si piensas que esto puede acabar así, estás equivocado, ¡ muy equivocado, chaval ¡.
No puedes largarme así como así, cuando te de la gana y se te antoje. Ni hablar. Escúchame y escúchame bien lo que voy a decirte, imberbe e insípido cuentista, no te vas a librar de mí, seré tu pesadilla, o si te jode más, la pescadilla que te muerde la cola. ¡ A que eso duele ¡. Eh, un mordisco en las partes blandas y bien dado es lo que te mereces, un bocado al percebe tan esmirriado que tienes entre medio de dos berberechos sin caparazón, tan blanditos, -venga, va, y de propina otro mordico de perillo a cada berberecho también, que duele un web- y del que presumes a espuertas con colegas y fantoches como tú, ah, y un buen directo nokeante a las napias y sin quitarte las gafas. ¡No te joroba!
Ya estás rompiendo esa hoja manuscrita, pero ya de los yas, o lo haces tú por las buenas, o lo haré yo a las malas, y no ando con chiquitas ni ñoñerías, tú no me conoces cuando me enfado. Como pases a limpio esa copia mala y la entregues al redactor con esa historia absurda, ya puedes despedirte de mi amistad para siempre. Y ante todo, protege tus espaldas al caminar por la calle y tu culo al sentarte al volante.
¡Qué te den con el rabo la sartén!.
¡ Qué me dices ¡ ¿ Qué ya te aburro? ¿Qué espacias nuestros encuentros? ¿Qué dejo de ser protagonista por esta quemado? .
Mira, porque no tengo papel a mano, ni cerillas ni mechero, sino te iba a enseñar yo como arden y se chamuscan ciertos pelos de ciertas partes del cuerpo. ¡ Pues no va y me larga que ya estoy quemado ¡ .
Lo que pretendes es darme cancha, ya no soy tan divertido como antes, que te abres a otras gentes más interesantes, con mejor talante, con buenos trajes, cheques regalos al portador donados de dos en dos, y los que sobramos …. ¡Puerta! . Pues no, so jilipuertas, no, no me rindo, ni me he caído de ningún guindo, ni nací ayer. Tú y yo tenemos un contrato, aunque nada más que sea verbal, ¿sería algo que versaba sobre la amistad?.
Patán, búscate a otro con el que jugar a chivo espiatorio, ¿Qué tal el mayordomo?, ya anda viejo y pierde protagonismo ó ¿el amante liberal que apenas muestra su rostro en el folleto? , ó mejor aun, ¿por qué no te cargas a mi yerno chupasangre?. Siempre acudiendo a mi a través de ella pa esquilmarme la tarjetita de crédito a primeros de cada mes.
Qué no, qué no puede ser, que yo no puedo ni debo pagar el pato de tus noches de desvelo, de tus juergas a todas horas, de tus variopintas señoritas, el editor de turno, del director que quiere na más que productividad y venta, y los legales, honrados, tiernos y sensibles, ale, a la calle, y sin un gracias ni un regalo. No tienen derecho. ¡ Qué injusticia ¡ . Y tú, después de tantos años juntos, vas, y les haces caso, me tiras como a una colilla, me arrojas por la borda, ó lo que es peor, LITERALMETE, me arrojas desde un tren en marcha, y bueno, lo que ya es el colmo es que encima te tenga que dar las gracias porque lo hago sedado y no voy a darme cuenta. No te jode, además de puta, poner la cama dándote las gracias.

Mi odiado guionista, tenga usted por presentado este pliego de descargos, con el cual me desahogo, le llamo estúpido insensato y que sepa, que a pesar de todo, me lo he pasado muy bien siendo el protagonista de sus historias hasta el día de hoy, en que vos me dais la papeleta de ida, sin vuelta. En que vos me matáis. ¿Ya no quieres que salga más en tus cuentos?. ¡ A qué lloro¡ . Por fa. ¿Te lo pido de rodillas? . ¿Te la chup-achús? , achús, achús. Ez que eztoy un poquito resfriado. Vale, vale, no, no pienso rebajarme. Todavía tengo mi honor y honrilla.

Sólo quiero que sepas que me he divertido mucho a tu lado, que yo también te quiero, pero …. ¡Joder¡ ¿ No podrías haber asesinado a otro personaje? . No, claro. Tenía que ser yo. Pues que conste en acta, Sr. Juez, .- de naranja ó de limón- ¡ Qué protesto ¡. Qué no me resigno, que sigo y sigo, y que a pesar que la caída provocada del tren en marcha tiene tintes de asesinato macabro, no cesaré en darte la lata, hasta que encuentres el camino para resucitarme, pues no pienso largarme de tu lado. Ea.
¿Qué tal si …? Si al estilo del conde de Montecristo, ó de mafiosos a los que les has mandado hacer cirugía estética, te me buscas una nueva identidad, unos nuevos ademanes, nuevos acicates, unas cuantas jóvenes amantes de cuerpecillos celestiales, -y nada de yernos ni de hijas-, mucho dinero a mi alcance, un yate, un mercedes, un jet privado, una mansión en los Alpes … Si. Si. Eso, chocolate hueso, eso es. Un personaje nuevo. Ay, te quiero. Muchas gracias y que sepas qué no me importa que me pintes al personaje nuevo con barba ó pelo blanco, que nos hace más interesantes y atractivos.
Venga, va, so mostrenco, so vago del cuento, empieza a apuntar las ideas que te estoy dando, que ya me estás tardando en resucitarme del ostracismo y en darme un nuevo libreto, un nuevo catecismo en que reanudar mi nuevo guión, mi nuevo personaje.

Ah, oyes, que nos olvidamos de esos insultillos que te dije antes, eh, es que estaba un poquito caliente con lo de mi asesinato, y se me cruzaron los cables, que lo siento, eh, pero bueno, ahora que YO ya te lo he arreglado a mi modo, pues como que vamos a olvidarlo. ¿Vale? . ¿Amigos otra vez?.
Ah, y no te olvides del sexo para mi nueva identidad, que el personaje que acabas de matar …

El último romántico

El último romántico El conformista no abre pistas, no abre senderos, no enciende candelabros de latón. Juega a ser ratón mundano viajando en trenes atestados, rutas marcadas, vidas ya vividas, anodinas, taciturnas, diurnas, comida servida en platos de cristal sobre manteles bordados, usa tenedor, corbata, no lleva batuta en las manos, escucha sin oír la música de fondo. No sueña. Piensa.
Me rindo. - Sueño con ser rebelde-
Dejo caer los brazos al suelo. - Sueño con abrazos-
Tiro la toalla. - Sueño con playas lejanas-
Claudico. - Sueño con emperadores romanos-
Me resigno. - Sueño con bosques de pinos y olor a resina-
Desisto y sin embargo sé que existo, que escribo, que estoy vivo, que respiro.
Le escribió una carta del otro lado del mar y le dijo “nono”.
Vaya, una negativa al cuadrado. Reiterativa, repetitiva, hummm. Dos en un ascensor. Pero no. No es eso. Se olvidó de colocarle el sombrero de paja sobre la cabeza, robado al espantajo del campo de maíz, se olvidó colocarle la golondrina que vuela en mis dibus de niño. Pintaba golondrinas en el cielo mejor que nadie, llenaba hojas enteras de golondrinas sobre cielos azules, cielos con nubes, cielos con soles, y … nunca lo hice sobre cielos con luna, ni sobre cielos estrellados, siempre sobre un papel en blanco.
En la noche podría haber pintando gaviotas blancas sobre fondo negro, ó encendidas luciérnagas volando, ó hadas campanillas, ó peces abisales con luces fosforito, pero no sabía más que dibujar golondrinas azabaches, endrinas, carboníferas y ahora en la carta recibida las echaba de menos. Estos chismes modernos que nos marginan a lo poco que nos descuidemos, nos olvidan, nos constriñen y eliminan nuestro acervo popular, sin más, usan plantillas basadas en letras foráneas, bien, bueno, con lo que me gustaba dibujar golondrinas, volveré a hacerlo, pero no prometo ser el mejor, retomaré mis lápices de colores, recortaré la palabra del folio impreso, pues es bobería pintar en la pantalla, y la pegaré en una cartulina blanca, esa palabra doblemente negativa, tu nono, y le dibujaré golondrinas encima:
ñoño ñoño ñoño.
Suena lindo, ¿eh? . ¿A que esta mona la n con una golondrina encima?
¡ Qué no ¡ . ¿Qué estarán pensando ustedes? . No. Ñoño no es con c.
Nonería. Suena a bulería, a heladería, a Noé riéndose en su arca.
Ñoñería, ñoñería. ¡Ele! . Y sigue siendo sin c. Qué no es coña, ni coñería ni cañería ni tubería, ni nadería. Es Ñoñería.
Algunos programas de ordenador eliminaron la ñ, en sus plantillas, e incluso en sus teclados y aunque hay atajos, hay quien en sus escritos no sabe meterla … No sabe meterla …
¡Qué sigue siendo sin c ¡ ¡ Ay que ver ¡ Siempre pensando en lo mismo.

Me gusta la palabra ñoñería. Perales tituló una de sus canciones : “me gusta la palabra libertad” .Y que coñe, me gusta Perales y si quieren, pues táchenle ustedes de ñoño.
Quiero seguir pintando golondrinas sobre papeles en blanco.
Quiero seguir siendo el último romántico.
Mirar los peces de colores nadando entre la rocalla del estanque, un pececillo de color rojo flota sobre el cristalino mar chiquitín a los pies de la catarata artificial, de la cascada, salpicarme con las gotas de agua dulce que chisporrotean sobre la piel sudada y acalorada, meter mis pies descalzos, chapotear, oír cuchichear, y hacer invisibles las palabras de mentes cabales que nunca rompen normas, ni se bañan en fuentes con peces de colores, ni se tumban sobre la hierba de los parques, sintiendo las hojas sobre las piernas de piel desnuda al aire, la espalda apoyada en un tronco de chopo, la gente que pasa, el sueño que ataca. La sirena de una ambulancia que rompe le murmullo de voces de la mañana, es la cruz roja que pasa. Alguien que canta una canción infantil y hace teatro de sombras con los brazos en jarras:
Soy una taza, una tetera, una cuchara, un tenedor.
Soy un cuchillo, un plato hondo, un plato llano y un cucharón.
La batidora.
Seguiré dibujando golondrinas.
Retozando por los suelos.
Visitando templos de paredes de ladrillos de cara vista y cruz de roble sobre la que reposa un cuerpo semidesnudo, por encima del altar. Un silencio que te envuelve. Un peregrino que descansa sobre el último banco de la estancia, escudriñando con sus ojos la obra humana, ¿Dónde quedará la divina? . ¿En la palabra? . ¿En la palabra humana?
Sobre el techo anidan vencejos, persiguiendo insectos, en alocadas piruetas que rompen el silencio de la noble casa. Son románticos que se cuelan en las escuelas sin mostrar la identificación al padre prior, rompiendo esclusas, soltando amarras, vertiendo aguas por las compuertas de las presas, presas que se liberan, presas que escapan de las redes que las atrapan. Qué se cuelan entre las rendijas de las compuertas abiertas, se lanzan en cascada, al vacío, con el salto del agua y siguen el curso del río hasta llegar a la mar.
Después de las golondrinas, lo que mejor sabía dibujar, eran peces, pero tan sólo dibujaba uno, golondrinas en el cielo, miles, peces y por ende, fuera del agua, uno. Nunca dibujé bancos de peces. Me asfixian. Me falta el aíre. Pero no les temo, me gusta contemplarlos a todos ellos, obedeciendo, se mueven en manadas, todo ellos vestidos iguales, al son de estímulos externos, materiales. Hay veces que me los encuentro en el camino y charlo un ratito con ellos, sé que los necesito, pero son tan iguales, tan anodinos, danzando siempre al mismo ritmo, las mismas modas, las mismas cosas a las mismas horas, haciendo cola con cola para no perderse, que me aparto a un lado, tomo otro camino y me pongo a dibujar golondrinas en cartulina, ellas son como yo, cada una sigue un camino, en zigzag, propio, no dictado, no de bancada de mar, y están siempre cruzándose sus caminos, los mismos, pero a la vez distintos.
A veces me pregunto, si no seré el último romántico. Ó tan solo, un ñoño de tres al cuarto, al que le gusta la palabra ñoñería, y pintar y ser como las golondrinas.

José Luis Perales:
Me gusta la palabra libertad:

Prefiero ser caminante a ser camino,
ser libre a ser esclavo,
ser beso a ser puñal.
Prefiero un campo de hierba mojada
a un campo de batalla
que huele a soledad.
Prefiero la luz del sol
al negro de una mirada,
prefiero una risa blanca
al dolor.
Prefiero ser soñador
a ser matador de sueños,
prefiero volar a ser cazador.
Prefiero un vuelo blanco de palomas,
sombra y luz,
tierra y mar,
me gusta la palabra libertad.
Prefiero ser temeroso a ser temido,
ser lluvia a ser estío,
ser campo a ser ciudad.
Prefiero ser noche clara de luna
a ser la noche oscura
que mata la ansiedad.
Prefiero la luz del sol...
Prefiero ser caminante a ser camino...
Prefiero un campo de hierba mojada...
Prefiero la luz del sol...
Prefiero la luz del sol...

Aracnofilia

Aracnofilia Creas tempestades cuando cruzas el océano montada en tu escoba, cuando miras los alcatraces con tus ojos de escorpión y se desmayan con el olor a ajo que desprenden tus manos de largas uñas decoradas con arabescos y grecas recargadas de artesonados que al girar cada una en sentido inverso, retorciéndolas, atrapas una estrella que explota entre tus manos.

- Mi bruja hechicera, reina de los cielos, te invoco desde este humilde y lúgubre caserío, desde este altar de los sacrificios, toma mi fuerza, mi juventud, mi sangre roja de plebeyo.

Unas gotas rojas salpicaban el cáliz de latón que reposa sobre la austera mesa. Un tosco cuchillo de filo oxidado había cercenado las venas que dibujaban la muñeca izquierda de aquellas fuertes manos y gota a gota, caían salpicando el fondo del cáliz.

-Te ofrezco la sangre impura de este indigno vasallo. Te ofrezco acatamiento a lo largo de los siglos venideros. Mi razón es mi debilidad y la pongo a tu servicio.

La tela de araña se teje y desteje, se anuda, se enreda, se lía, se pega, se liga, se rodea en largos hilos infinitos de microscópico grosor sobre la temblorosa víctima que le aúlla a la luna en la noche de vampiros sedientos de sangre y de amor. Noche de luna.

-Mi alma, hechicera, la vendo, la vendo a cambio de un instante con … bien sabéis con quien. Con aquella que guardas en secreto en lo alto de las nubes, con hermosura hecha mujer, con aquella a la que cantan los trovadores, aquella que viste la noche con sus cabellos, mi alma, bruja de los cielos, mi alma que apenas vale nada, por un instante con ella.

Una araña sedienta probó el bebedizo de una gota de sangre que se derramó sobre la agrietada madera de la mesa de pino, al caer salpicada del cáliz, y sus patas hicieron tambores enviando el mensaje del tan tan a través del aire de la noche, que se llenó de un ejército de octópodos que trepaban por las patas de una mesa cuarteada, pero firme, un ejército de arácnidos, que sedientos de alimento, invadían el espacio de una ofrenda a una bruja hechicera.

-Te invoco, con mi sangre derramada en este cáliz, acude a mí. Bebe de mí. Muéstrate. Mi sangre por vos, mi alma por ella, por un instante, por ver sus ojos. Mi bruja hechicera, te invoco.

Un ejército de arácnidoss están tejiendo una red invisible de seda sobre un cáliz de latón, sobre el que van construyendo peldaños de andamios a los que trepan en busca del tesoro que guarda en su vientre aquel receptáculo de metal, y cual escaladores de montañas de hielo, tras tejer y escalar, el general del ejército se asoma al brocal. Desde allá arriba se distingue un mar rojo y profundo, peligroso pero sensual, y un hilo invisible se va desenrollando desde el borde del acantilado y un arácnido se desliza despacio, se descuelga haciendo puenting, sobre un cáliz de sangre.

Relámpagos de luz ciegan el momento, truenos de voces acallan al propio silencio, en nubes de lino algodonoso viaja una bruja hechicera camino de un destino invocado desde un altar de sacrificio. Un ofidio que ofrece una manzana envenenada se agazapa tras la traición del engaño vestido con palabras de servidumbre y ofrendas llenas de pecado, a la espera de una víctima que inocente, ignora la infamia que se acurruca sobre palabras vanas. .

-Ojos mortales jamás vieron tanta belleza, mi bruja hechicera. Soñé mil veces y mil veces os invoqué, sabía que mi insistencia obtendría sus frutos un día. Me arrodillo ante vos. Mi cáliz, mi sangre. Tú más gentil servidor os ofrece su sangre en muestra de sumisión y obediencia. Sangre pura. Ofrendada para vos, para vuestra grandeza de estirpe, de señoría y magnanimidad.

Una bruja ataviada con un elegante traje negro tomó el cáliz, tejido con invisibles hilos de araña, entre sus manos, lo alzó hacia el cielo, lo apoyó sobre el centro de sus labios y la sangre fresca de un mortal se derramó sobre su boca y se deslizó por su garganta, mientras un general araña se asía firme con sus patas ancladas sobre una musculosa lengua sonrosada, aguantando una cascada de líquido que le empujaba hacia un vacío negro y profundo.

-Y ahora mi alma, después de mi sangre, os vendo mi alma, mi alma a cambio de la Reina Mab, la Reina de las hadas. Mi bruja hechicera, deseo estar un instante con mi pequeña hada, mirarla estando despierto y no sólo en sueños. Quiero ver su pelo negro, con el que trae la noche, su velo azul con el que cubre a los hombres cuando sufren y les hace soñar, dotando de alegrías sus sueños, mis sueños.

Pero la bruja hechicera no es portadora de almas, sólo de sangre, de sacrificios personales, no de almas, y jamás traicionera, jamás, siempre leal con la amistad, siempre fiel, mostrando orgullosa su fidelidad, rechaza la del alma. Desprecia con un rictus de ironía aquel ofrecimiento y se ríe, se ríe con fuertes carcajadas, embriagada por la sangre, del singular capricho de aquel ser ridículo.

Pero …

-Es hora de actuar, arañita, tu veneno es poderoso, te lo ordeno. Lo siento mi bruja hechicera, te ofrecí mi alma y te burlaste de mi, es hora que compruebes el poder de mi sangre, el poder sedante del veneno de una araña. De mi ejército de arácnidos.

En un carro de una sola perla, tirado por insectos con alas de pedrería, la Reina Mab acude a una llamada, a un grito desesperado de una bruja hechicera cautiva que sufre en el silencio del engaño la picadura de una araña que la tiene paralizada junto a un altar de sacrificios.

Una batalla, una guerra se entabla entre dos bandos, uno de insectos, el otro de arácnidos, pero los insectos alados de alas de pedrería de la Reina de las hadas son impotentes para romper el cerco de la tela de araña que los súbditos del general han tejido a su paso y se debaten indefensos, heridos, rendidos, víctimas de verdugos con el poder absoluto, tiranos banderas que rompen sueños.

-Con la mirada me quieres matar, mi bruja hechicera, pero no miro tus ojos, no me dejo atrapar por la hechicería de esas dos estrellas. Mi bruja hechicera, tan linda, tan joven, tan inexperta, ¿Cómo te dejaste atrapar en mi red?. ¿Cómo creíste mis mentiras? . ¿Por qué te buslaste de mi? ¿Tan poco valor tiene mi alma?.
Miles de gracias te sean dadas por traerme a la Reina de las hadas, a mi querida Reina Mab. Ahora sólo he de esperar el tiempo en que poder acercarme a sus labios, besarlos y apoderarme de todos sus sueños.

La mar

La mar Me llegan rumores lejanos de batallas, un fragor de espadas clamando venganza bajo las aguas. Un ejército puesto en pie. Un caballero que trota a lomos de su yegua por las marismas sembradas de espadañas. Me llegan rumores desde las ventanas abiertas de las casas, gritos de desesperanza. Un mensajero galopa sobre la arena de la playa levantado olas de arena blanca. Tiene prisa. Jadea más fuerte que su yegua jerezana, que briosa y nerviosa resopla por los ijares y vuela sin alas sobre sus patas herradas.
Les contemplo al pasar. No me miran. No me hablan. Pasan sin decir nada. Galopan sobre la arena de la playa. Con un mensaje encerrado en una carta guardado en el bolsillo de la casaca esperando ser entregada a otras manos con mayor poder y capacidad de decisión, sellada y rubricada por un General de tres estrellas que manda tras las colinas, emboscado en una ciudad de la que tan solo me llegan rumores con la brisa del viento, con las boiras, con el olor a azahar, con los gritos de mujeres que amamantan sobre sus pechos retoños de esta temporada, camadas unipersonales, cachorros sin pelo cubriendo sus carnes blancas, que ya al nacer se preparan a luchar, que escuchan los gritos de las navajas y el olor de la pólvora estallando entre sus labios que soban la mala yerba que se rezuma sobre los picos, sobre los pezones sonrojados de su mana alimentario, a los que se agarran con ansias de animal herido, hambriento. Ya están aprendiendo. Aprenden a dominar. Mala yerba que les llega a través de los gritos de guerra, de odio, de matanzas que se alzan sobre la playa, sobre las marismas, sobre la arena fina que ultrajan los cascos de una yegua que resopla ya cansina y que no atina a ver el final ni de las batallas ni de su carrera, ni aun siquiera atina a ver, el final de los granos de arena sobre la que cabalga.
No me mira. Si lo hiciese, le diría que parara. Que mirara el horizonte. Qué se revelara. Qué dejara los gritos para los que gritan, que descabalgara sobre su lomo a su jinete, qué apaciguara el calor y la inflamación de sus largas patas sobre el agua salada. Pero no me mira. Tan sólo cabalga. A lo mejor es sorda, sorda a las palabras, a mis palabras de vieja dama de vieja escuela y a la vieja ultranza.
Me siento cansada, cansada de escuchar rumores y no poder hacer nada. De no tener ejércitos que blandieran susurros en vez de gritos, claveles rojos por espadas y cuerpos desnudos sin casacas. Sin monturas, sin pesadas cargas sobre los lomos heridos de yeguas herradas. No puedo hacer nada. Mirar impasible, callada, mecer la cuna de arena y reflejar la luz de la luna sobre mis aguas.
Un lamento se escucha tras la tregua, en la noche de calma chicha, un puño alzado a lo alto, un rostro enojado, un cuerpo flácido que se dobla sobre sus propias rodillas, al hincarse en los granos de la playa. Me mira. Tiene el pelo azabache. Me mira, pero no me ve.
Sostiene en sus manos un cesto, un fruto no deseado, un producto del pecado, el hijo del mismo diablo, que se viste con los ropajes del enemigo, con el ultraje. Le canta una nana. Le amamanta a la luz de la luna apoyando su cuerpo infantil, su torso desnudo, su belleza de mujer mediterránea, sobre los sueños prohibidos de un amor repudiado. El niño succiona del seno materno, con los ojos cerrados. No me puede ver. Oigo rumores de nanas en la noche perfumada. Llueven estrellas en la madrugada.
Criaturas humanas. Necias y vanas.
Detente princesa. No quiero hacerte daño. Aléjate de mis aguas. No puedo retroceder más, no sigas avanzado. ¿Dónde te encaminas con tu torso desnudo?. Son muy jóvenes y tiernos tus senos blancos de leche, no los hundas entre mis aguas. No lo hagas. Insensata.

Rumores llegan de batalla, un jinete cabalga sobre la arena, con un sobre lacrado sobre su casaca, de regreso, con respuesta dada. Ya el día luce despierto, y luce con sangre sobre la fina tierra de la bahía, joven sangre de una ahogada.
Allá llega el mensajero, no pude hacer nada por salvarla, ¿me oyes caballero?. Te la entrego muerta a tus pies, boca abajo, con sus senos hundidos entre los cantos rodados que cada día pulo con las batidas de mis olas. Puedes pasar de lejos ó decirla adiós. Puedes sentarte a su lado y besar sus labios ya amoratados ó saltar con tu yegua sobre sus hombros desnudos sin darle un saludo de parte del enemigo. Puedes cubrirla con tu casaca ó dejar que el sol le queme la piel. En tu camino la deposito. Tuya fue. Ella y su hijo. Tú hijo.

Cuenta una leyenda, que los días de fiesta, cuando hasta la mar llegan rumores de gritos y olor a pólvora, que ella mal confunde con llantos de rumores de batallas, enojada y encolerizada, manda a sus aguas que estas se encabriten y exacerben, y es entonces cuando reza la leyenda que se ve caminar sobre las aguas la figura de un infante de pocos meses que cabalga sobre el lomo de las olas más altas y al instante, se apacigua el mar embravecido y una sirena de torso desnudo y senos maternales lo mece suave, mientras le canta una nana, esperando que un día un caballero le venga a ofrecer una casaca con la que cubrir sus hombros y acallar los rumores de las batallas.

Besos de fresa

Besos de fresa Ayer tropecé con vos, me di de bruces con vuestra mirada de rapaza, de superviviente eterna de fotografías de un ayer hecho presente en el recuerdo de un beso con sabor a fresa ácida. Te me caíste al suelo, mientras ojeaba mi diario del pasado, al abrirlo por una página cuyo título rezaba : “¿Quién fotografiará mi última sonrisa?”.

Tengo que ir al lavabo …

… No te estaba vacilando, no, simplemente es que no te puedo mentir y tampoco sé decir “No lo sé”, que es pecar de ignorancia, así pues, perdóname, pero déjame escaquearme un rato, esquivar tus preguntas comprometidas y hablarte de otras cosas, déjame un ratito ir al lavabo y dejar en el aire tu pregunta, para otro momento en que tengo tiempo para darte una respuesta convincente, de la que ahora y entonces, carecía. .
Tienen truco. Tus preguntas tienen truco y encierran trampa. Me hacen daño, ¿sabes? .
Yo no seré el último, ni nadie, porque no hay una última sonrisa. No la hay. Cómo tampoco hay una última rosa en el jardín, ¿Quién querría fotografiarla?. Sólo duermen. Son flores de temporada. Te marchaste de vacaciones con una sonrisa en la mirada. Flores y risas de temporada que duermen en el ayer para volver a nacer en un mañana tan cercano que tal vez, a lo mejor, sólo necesitas cerrar los párpados y al abrirlos te acarician la cara con su perfume, las flores, y su alegría, las sonrisas.
Tomaré los pétalos de mis rosas marchitas, los meteré en un frasco de cristal con un poco de agua ó de alcohol ó yo no sé que clase de mejunje especial, le pondré un tapón y dejaré reposar en la oscuridad, que macere en el silencio del reposo del guerrero, ó del oso hibernante en sus dominios de caza. Dormidos. Recuerdos. Palabras.
Un perfume flotará en el salón al destapar nuestro frasco de cristal el día que te quiera regresar. Estará el perfume de las rosas, tus palabras hermosas y tu fotografía de niña traviesa, y reiré con ellas, ¿ves?, quedarán aun cientos de sonrisas por llegar.

Hete aquí que si sé fotografiar la última fresa que quedaba en el jardín privado del edén, el último día del mes de abril, que tú arrancaste con pena infinita, toda hecha frenesí, ¿recuerdas?, parecías tener entre tus manos el alma, un Potosí.
Colocaste la fresa en el valle que hacen tus pechos, y retraté los dos corazones, el tuyo, interno, que no se ve, pero se siente tan tierno, tan romántico, tan semejante al fruto rojo que le robaste al jardín, el cual dibujó una sonrisa en tu rostro, nunca la última, ¿escuchaste?, nunca. Siempre la primera.
Aunque tú dijeras que yo retraté la última fresa, ahora que ya no estás, te diré que callé, ya sé, otra vez lo volví a hacer, no sé mentir, no sé discutir, y te dejé hacer, soñar, soñar con tus deseos y anhelos. ¿Acaso no viste que la planta del jardín tenía flores blancas?. De cada flor un fruto. No era la última fresa. Nunca hay una última. ¿Sabes el motivo? . Es fácil. Ahora mismo, contemplado nuestra fotografía, estoy viendo esa fresa tuya y mía.
¡Qué sensual!
Tengo en mis labios el corazón rojo de una fresa ácida, pero me faltan los tuyos, tus labios tiernos, carnales, suaves.
Decidiste partir un mes de Mayo. Vacaciones de lujo en un trasatlántico. Te echo de menos y espero tu regreso. Quiero repetir ese beso, con fresa, entre tus labios, pues aun quedan frutos en el jardín del edén, ¿los ves?, no, no era la última fresa, y … bueno, de todos modos, si lo fuera … ¿Qué más da?. Compraría una enorme en la tienda, con un tallito verde, correría al jardín y la ataría entre las hojas, dejando ver que aun te esperan.
Si no hay más fresas, no es porque se acabaran, es porque los topillos y las ratitas de primavera, en consonancia con gorriones, estorninos y urracas, celebraron un banquete en el que corrió el vino de la uva recién pisada, por ello no te extrañes que tampoco queden racimos colgando de los parrales, ni moras en los zarzales, ni rosas en los rosales, que usan de adorno y de presentes para agasajar a las mujeres.
No me invitaron al banquete. Querían llevarse la fresa de la tienda y se lo prohibí, la cubrí con una red, ya sabes que está esperando por ti, y se enfadaron tanto que no recibí ninguna invitación. De todos modos, ¿Qué pinto yo entre ratones y urracas? . También se enfadaron porque les regañé por esquilmar el jardín del edén, y sin embargo, me encontré de madrugada, mientras contemplaba la luna en una noche cálida de insomnio, unos regalos suyos, una copa de vino dulce, otra de jugo de fresa ácida, otra de un granizado con sabor a moras, y una rosa.
Embriagado de tu recuerdo y del vino y del olor a rosas, le doy un beso de buenas noches a tu retrato, me lo regreso a mi diario, a esa página donde escribí : “¿Quién fotografiará mi última sonrisa?”, y me voy al lavabo. Lo siento. No aprendo. Tan sólo aprendí a huir de lo que me hace daño.
Un beso.
Me quedo con el recuerdo de ese beso, de ese beso de fresa ácido.

Cacao y azúcar

Cacao y azúcar No soy afrodisiaco ni afro-asia-americano, no, soy color cacao y azúcar, y no me gusta el calor. ¡ Qué me derrito ¡ Qué me deshago en mi propio zumo. Soy Europeo, Ibérico para más señas, como el jamón de pata negra, de pata negra, aliñado a las finas yerbas con bellota de encina y de alcornoques de las que crecen en las dehesas extremeñas, y no me gusta el calor, me agobia, me ataca y me atasca, no me deja pensar, no me deja ser yo, me reblandezco por fuera y por dentro, se me pegan cual lapas mis ropajes de platería a mis pieles blancas y blandas , y cual sanguijuelas me chupan la sangre de mis venas, se evapora mi esencia, mi estado sólido se licúa y me pone de muy mal humor, me roba mi substancialidad, mi energía y ale, por el suelo voy dando tumbos, buscando los lugares umbríos, allá donde las sombras jueguen a esconderse en la noche sin luna.
Me gustan unas manos frías, heladas, unas caricias de hielo, y es cuando me pongo enhiesto, gallardo, orgulloso, estirado, sensual, con unos abrazos sin whisky on the rock, sin alcohol, sólo hielo. Y me dejaré poseer si me introduces en tu cuerpo de paredes blancas, de rejillas suaves, de olores agradables, de interiores fríos y húmedos, allá dentro tomaré cuerpo y sabor, me engrandeceré con la frescura de sus secretismos de oscuridad, con la respiración entrecortada de la circuitería eléctrica de esa máquina tan perfecta, de ese cuerpo tan dador de vida, y allá dentro déjame estar, cual carámbano de escarcha, siendo yo, ese acto qué a mi me da la vida, me da el placer, retorno a mi edén, al vientre primigenio que me vio nacer, a ese cuerpo que diríase de la Reina de la Nieves. Tan bello. Tan excelente.
Se abrió la puerta y tú entraste en mi habitación, en ese rincón a oscuras donde paso largas horas inventado historias que no existen, un rincón acogedor, frío, húmedo, tranquilo, monótono y seguro. Pero falto de amor.
Me tomaste entre tus manos frías y nos fuimos de paseo. Entre las rendijas de tus dedos vi el sol brillar, implacable y encarnizado ¡Lo odio¡ . ¡Te juro que odio al sol! ,
Tanto como idolatro la luna y tus manos frías. No me dejes, no me sueltes, no me coloques lejos de ti ó me fundiré bajó los abrasadores rayos del tirano que campa a sus antojos, como dictador, ejerciendo su ley a su libre albedrío, allá en lo alto, sin competencia en estos largos días de verano.
Añoro el cielo nublado. Los días de inviernos cortos. Pero me gustan tus manos frías.
No sé donde vamos, es la primera vez que me tomas, que soy tuyo, que te hago mia, que salimos juntos fuera de este mi microclima semiandino donde habitaba, de mi rincón fresco, glaciar y oscuro y … si no fuesen por tus manos, tan acariciantes, tan de madre, tan de amante, tan de …, eh, eh, eh. No. No lo hagas. No te deshagas de mi. No me abandones. ¿Qué haces?. Estoy empezando a sentir calor, mucho calor, a sudar, sin tus manos, sin tu protección, me … me … ¿me estaré muriendo? . Noto que mi corazón se cae a trozos, a pedazos, cual margarita deshojada en manos de un enamorado ó rosas exfoliadas en la senda de los pétalos que hayan de pisar unos pies virginales con pasos lentos camino del altar. Me siento sólo. Dejado. No siento tus manos sobre mi. Sólo calor. Un ardor de estómago me invade atacando el cerebro de mi fatalidad. No te veo. Te has ido. Es el destino. Escrito está en las estrellas que no he de sentir tus manos frías de nuevo … ¡ Y una M. ¡ . Es de día, el sol no las deja ver, aun toca sufrir. Nos movemos. Voy a dormir un rato, tal vez así, con el sueño, mis pesadillas vuelen lejos y …
Y en mis sueños regresé a mi infancia, cuando aun no era yo. Unas manos rudas que palpaban unas ubres glandulosas, ordeño y mando, manos calientes. Manos campesinas de mando, que explotan, que ordeñan y mandan, que exprimen hasta la última gota de la lechada, que dan palmaditas en los costados, que estrujan y no acarician, que aprietan y no arrullan, que esquilman y no agasajan, que comercializan sin besar ni amar, sin dar las gracias, sin un piropo ni un clavel, no, ellas son tan distintas a las tuyas.
Las tuyas son … eh, están aquí, las siento, has regresado.
Ains, wow, wow.
Lo siento mucho. Estoy algo pachucho, ya sé. Es el calor. No soy el mismo. Fofo y desfigurado. Me reblandezco entre tus dedos. Por favor, vamos dentro. Ahora estoy enfermo, pero con unas aspirinas y unas bolsas de hielo en la frente …
Si es tan sólo notar el tacto de tus manos y recuperar el aliento. Pero vayamos dentro. Dame unos minutos en la sala de rehabilitación, déjame tumbarme sobre el suelo, desnudarme sobre las baldosas, penetrar en ese artilugio que me da la vida y te juro que recuperaré mi salud.
Lo ves. He vuelto. Ya soy yo. Vital y energizante. Ya sé que mi aspecto ha cambiado, estoy encorvado y ojeroso, pero son los efectos secundarios del sol, nada más. Ahora ya estoy listo, venga, haz de mí lo que te plazca. Rompe mi envoltura, desgarra mis vestimentas, haz saltar todos los botones de mi camisa de seda, de mi envoltura de plata. Desnúdame. Desnúdame sin prisas, qué quiero sentir el tacto de tus dedos en mi cuerpo, un tacto sensual, lujurioso, lascivo y tierno, muy muy tierno, y frío, no dejes nunca de tener tus manos frías.
Tómame un cachito, bésame despacio, que quiero sentir la caricia en mi cuerpo de tus labios carnales, pecar con ellos, cantarles obscenidades, impudicias, notar tu saliva, refregar tus dientes blancos, entrar dentro de ti, penetrarte, poseer tu interior de mujer, darte ese poco de placer que sin ser afrodisiaco, yo sé hacer de ti, derretirme en halagos sobre la bóveda de tu boca pintada de frescos, hacerme agua en tu caverna, aguarme en tu paladar y correrme en hilillos de leche fermentada para endulzar tus momentos y llenarlos de gozo, atravesar esa garganta profunda, mezclar fluidos, formar parte de tus moléculas, de tus células y por encima de todo, estar siempre contigo, y ahora, lo estoy. Dentro, dentro de ti. Perdido, pero viéndote. Creo que … creo que me voy a instalar en tu corazón. Allá se está muy cálido, y yo ya estoy cansado de tenerle miedo al sol y al calor, cansado de amar el frío.

Por favor, por favor, no olvides devolver el resto de la tableta de chocolate al frigorífico.
Ese rincón mío que fue mío un día, frío y húmedo, donde pasé largas horas inventado historias Ya que yo, soy de cacao y azúcar.

El hombre y el perro

Los ojos fijos en el suelo, con la cabeza inclinada hacia delante, las manos entrecruzadas sobre las piernas, unos pasos que se acercan y hombre levanta la cabeza, está empezando a caer la lluvia otra vez. Los pasos no se paran, miran hacia el hombre sentado en el banco, pero no se paran y desaparecen.
Y de nuevo el viejo queda en la soledad de su parque vacío, en el fondo, lejos del camino.
Hace frío, y la gente se esconde en sus casas, llueve y el viejo sigue solo, con su mirada en el suelo como queriendo hablarle, sobre el banco mojado del parque, un parque con bancos, sin hierba, con barro y arena, como un oasis en medio de la ciudad asfaltada.
Y el perro vagabundo del barrio, gordo y sucio, se acerca al viejo solo y se queda con él, sentado sobre el barro y mirando para el suelo.
Va oscureciéndose el cielo de nubes negras, y ellos dos siguen allí, sentados sobre el banco y el barro, hasta que…. ¡Quién sabe hasta cuando!
El perro vagabundo, cansado, se levanta y se va cansinamente sin mirar hacia atrás, el viejo solo no quiere hacerle hoy caricias ni darle de comer y llueve, debajo de ese camión se está seco, creo que es la hora de dormir para el perro.
Y el hombre se levanta, coge su bastón, que se le escurre y cae en el barro, se agacha a recogerlo, lo limpia con sus manos que se llenan de barro y se va.

El mimo y la niña mujer

Amanecía muy despacio. Una niña mujer había pasado toda la noche en un banco, sentada y tal vez llorando. Y pasó , que el mimo, puso su mano sobre la barbilla de la niña, levantando su cara poco a poco, le miró a sus ojos húmedos, movió después la cabeza de un lado a otro y parpadeó rápidamente cinco veces.
Sonrió con una sonrisa grande, como un girasol, movió sus manos y….., una flor roja y amarilla.
-¿Para mí?
Movió su cabeza y su sonrisa y extendió los brazos, dándole un beso de buenos días al sol, al mundo, a esa gente que empezaba a despertar.
-Es muy bonita, gracias.
-¡Como¡ ¿Quieres que vaya contigo? ¿Pero adonde iría yo?
Y con los ojos le dijo, con esos ojos que sabían hablar y se expresaban mejor que sus palabras, porque no había en él palabras, con los ojos de amanecer, el mimo le dijo a la niña mujer: “ Andar con el sol a las espaldas, prefiero los caminos de arena, tortuosos y no rectos, ir a … , a todos los sitios, conocer gentes nuevas, costumbres diferentes, lugares ….., lugares que todos los libros del mundo no sirvieran para explicarlos, hablar con todos los seres vivos sobre sus formas de vivir, de vestir, de comer, sobre sus tradiciones, sus enseñanzas, sus sabidurías, sus verdades, sus sentimientos, vivir con ellos el juego de la vida.
Nómada del mundo, de los caminos sembrados de una semilla con alma.
Un perro, una canción, mil amigos y el mundo y …… ¿tú?
Quiero conocer todo lo posible, ver las maravillas que ha hecho el hombre, porque hay tantas y tantas cosas, tantos pueblos encantadores, tantos cielos distintos que aunque sé que nunca los veré todos, es….., no sé.
Si quieres venir conmigo, ven, es ya muy tarde, pero aun sigue saliendo el sol.”
La niña que llevaba dentro la mujer, se levantó, besó los pétalos de la flor roja y amarilla y la mujer y el mimo, cogidos de la mano, por el sol de una nueva primavera anduvieron sobre el manto de una vida nueva.